
Fabricando una reliquia es el subtítulo porque en este libro expreso mi hipótesis de cómo pude ser fabricada esta tela. Es una novela histórica, con personajes reales que acomodo a las necesidades de mi hipótesis. He tratado de pegarme a los hechos reales lo mejor que pude, inventando diálogos y alguna que otra situación. Hay varios personajes con el mismo nombre, por lo que hay que llevar apuntes para no confundirlos.
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PREFACIO
1318
Septiembre
El cautivo escuchó la sentencia de muerte. Después de tantos años preso, vejado y torturado, su cerebro aniquilado se imaginó que pronto acabaría tanto suplicio. De pronto recordó los golpes, los aislamientos, los gritos, las amenazas, los insultos, los tratamientos médicos para prolongar la pena y todos los mecanismos utilizados para producirle miedo. Esa tortura horrible, trágica, inenarrable y controlada sistemáticamente, por fin terminaba. La tan deseada muerte ya estaba a su lado. Estaba alegre o eufórico, no lo sabía. Lo único que lamentaba, era no haber podido dejar evidencias de esa maldad sin límite que brotaba de los ojos del torturador y sus instigadores… Sus recuerdos desaparecieron de repente ante el furor de un latigazo en su espalda. Pero estaba tan acostumbrado a la tortura, que esos chasquidos que explotaban cerca de sus oídos, no le arrancaron ni un gemido. Cuando le colocaron unas espinas en la cabeza, ni siquiera las sintió, y cuando clavaron sus manos a un madero, sintió un placer tan grande, que cayó en un sueño profundo… que ya le fue ajeno.
PRIMERA PARTE
1303
Septiembre
– Aunque el papa es enemigo mío, no estoy de acuerdo con lo que le está haciendo el rey francés – dijo Dante –; yo siempre he abogado por una Iglesia y un Estado separados.
– Bonifacio VIII te hizo la vida imposible; debería de alegrarte su infortunio – dijo Favio Di Bari –. Aún recuerdo la cara que puso cuando le dijiste que él “solo debía colaborar con el poder temporal sin pretender soberanía política…” No te metió preso porque estabas cumpliendo una misión diplomática, pero ordenó que no te dejaran salir de Roma – concluyó su compañero en el destierro.
– Es cierto… él apoyó con todo lo que pudo, a nuestros enemigos – explicó Dante –. Es intransigente y siempre ha querido imponer su poder a como dé lugar… De ahí sus conflictos con todo mundo. En Italia hostigó a los poderosos Orsini, a los Caetani…
– Y a los Colonna los acusó de herejes, cismáticos y blasfemos, por lo que éstos tuvieron que buscar refugio en Francia – interrumpió Antonioni Tedeschi.
– Con su poder económico, y las carencias de dinero del rey de Francia, es lógico que éste los haya recibido con los brazos abiertos – siguió Dante.
– Pero el pleito del papa con el rey de Francia ya es viejo – dijo Favio.
– Sí, pero el punto culminante de esta riña fue aquel año santo proclamado por el papa con la excusa de celebrar el siglo decimotercero de la era cristiana, y en el cual concedió la absolución de cualquier pecado a todo el que llegara a la sede papal con su ofrenda. Los peregrinos, deseosos de alcanzar, al morir, las delicias celestiales, atiborraron la ciudad y llenaron a reventar las arcas pontificias. Bonifacio no fue sordo al clamor popular ni al tintineo de las monedas, y estaba tan embelesado en su triunfo que no dudó, ni un momento, en declarar la supremacía del papa sobre todos los reyes de la Tierra. Para Felipe IV esto fue una afrenta – concluyó Dante.
– Tú también te molestaste – dijo Favio – y llamaste a la rebelión.
– No era para menos – contestó Dante –, pero también se molestó la creciente burguesía adinerada en toda Europa, y sobre todo los reyes. En Alemania no hubo una protesta real, porque el papa no tenía mucha influencia por ahí y, es más, las excomuniones que había hecho a ciertos teutones no escandalizaban a esa gente. En esas tierras, el emperador era sólo una figura decorativa… Pero creo que la declaración papal, ayudó a que la poderosa familia de los Habsburgo tuviera un rol político más beligerante dentro y fuera de Alemania.
– El papa está loco – dijo Pietro del Piero -. Se dice que desea reavivar las cruzadas pues sueña con recuperar Jerusalén. Y hasta lo ha planeado con los templarios…
– Bonifacio VIII se molestó porque Felipe el Hermoso cargó de impuestos a las diócesis, y no solo eso, también prohibió que el oro y la plata salieran de Francia hacia la sede papal – aseveró Dante –. Pero lo que lo exacerbó más, es que haya arrestado a Bernard Saisset, obispo de Pamiers, desconociendo la costumbre papal que dicta que sólo el pontífice puede juzgar los asuntos eclesiásticos.
– El rey ahora tiene tanto poder que no le importa lo que opine la santa sede – dijo Antonioni.
– En este tira y afloja, se supo que el consejero real Guillaume de Nogaret, envió a Bonifacio una nota, en la cual justificaba la acción real y acusaba a Saisset de traidor y hereje, ya que éste no sólo había afirmado que “la fornicación no era pecado” sino que también se atrevió a decir “que la penitencia era una cosa inútil”. La misiva de Nogaret concluía anotando que “lo que es cometido contra Dios, contra la fe o contra la iglesia romana, el rey lo considera cometido contra él”, y debido a esto, Saisset fue acusado de delito de lesa majestad – dijo Dante.
– El rey siempre ha querido demostrar que él es el defensor de la fe – aclaró Favio.
– Estando, así las cosas, hace un año, Bonifacio convocó a los obispos para juzgar al rey por abusos contra la Iglesia, y el rey contraatacó – aseveró Dante –, llamando hereje al papa en una reunión con el clero francés y la nobleza. Luego de eso, los asesores del rey realizaron una ofensiva propagandística con la cual difundieron la idea de que el rey es “el ángel de Dios” y “el campeón de la fe”.
– Eso incomodó mucho al papa – dijo Pietro.
– Tanto que convocó a Felipe IV para que se presentara en Roma y definieran de una vez por todas, la relación que debe haber entre el poder temporal y la Iglesia – continuó Dante –. Pero el rey francés es un maestro en eso de las trampas y no atendió ese llamado… creía saber que Bonifacio algo se traía entre manos. Eso ocurrió hace 4 meses. Desde entonces, el papa continuó recalcando que “existen dos gobiernos, el espiritual y el temporal, y ambos pertenecen a la Iglesia. Uno está en manos del pontífice y el otro en manos de los reyes. Éstos, no pueden hacer nada sin el permiso papal, y es necesario que, para obtener la salvación eterna, toda criatura humana esté sometida al pontífice romano” – terminó de citar, Dante.
– Supe que esas palabras enfurecieron más al Hermoso – afirmó Favio.
– Así es – siguió Dante –, Felipe IV se encolerizó tanto que no sólo le recordó la madre al papa, sino que convocó a una asamblea en París donde se acusó a Bonifacio VIII de herejía, simonía, blasfemia, hechicería y de haber provocado la muerte del Papa Celestino V.
– He oído que los cargos son por 29 delitos – aclaró Pietro –, y por cierto hay algunos irrisorios. Se le acusa, además de los que Dante ha mencionado, de negar la inmortalidad del alma, de negar la vida eterna, de haber colocado estatuas suyas para que fueran adoradas por la feligresía, de fomentar la guerra, de negar la virginidad de la Virgen María, de amistad con herejes, de destructor de matrimonios…
– La efectividad de la propaganda real – interrumpió Dante –, puso al vulgo a favor del rey, y éste aprovechándose de la ingenuidad del pueblo, impuso su voluntad.
– Siempre ha dicho: “voy a hacer lo que tenga que hacer” – interrumpió Pietro.
– Le ha repetido muchas veces a los franceses, que “ese italiano quiere mandar en Francia y eso ningún francés lo permitirá” – continuó Dante –. La propaganda hizo creer a todos, que el pueblo apoyaba al rey, y éste, consiguió que la nobleza y la burguesía no solo lo apoyaran para juzgar al papa, sino también para deponerlo, capturarlo y llevarlo a París. Así, Felipe el Hermoso envió un comando armado especial para tal fin, bajo el mando de sus consejeros Guillaume de Nogaret y Guillaume de Plessis, a quienes acompañaba el enemigo papal Sciarra Colonna con otros miembros de su familia. En total, envió a 300 caballeros y 1000 infantes.
– Los amigos de Sciarra lo mantenían informado y él ya sabía que el papa se había movido de Perugia al palacio episcopal de Anagni – aseguró Favio.
– Así es – contestó Dante –. Lo que me han informado es que Bonifacio estaba esperándolos, en compañía de dos cardenales que lo apoyan: el obispo Niccolò Boccasini de Ostia y el obispo de Sabina, de quien no recuerdo su nombre. Me contaron que Bonifacio al verlos entrar les dijo: “he aquí mi cabeza, he aquí mi tiara. Moriré, es cierto, pero moriré siendo papa”. Nogaret acababa de ordenar a sus soldados que lo apresaran, cuando Sciarra Colonna se abalanzó sobre Bonifacio VIII y le dio en pleno rostro con una manopla de hierro que llevaba escondida. El golpe fue tan salvaje que el anciano cayó estrepitosamente al piso. Nogaret detuvo a Sciarra y pidió a los cardenales que buscaran inmediatamente ayuda médica. La gente que se ha dado cuenta de esto está furiosa. Lo último que sé, es que han detenido a los franceses, y que el papa sigue inconsciente.
– A mí me han contado algo diferente – dijo Pietro –. Según esta versión, a Bonifacio le propusieron tres cosas: que entregara el tesoro de la Iglesia; que reintegrara a los cardenales Colonna; y que se entregara a las fuerzas francesas para ser juzgado en París. El papa no aceptó y Nogaret habiendo sobornado a los guardias, pudo romper las puertas del palacio, y apresar al papa, el cual parece que iba muy mal de salud. Dicen que Plessis le leyó las acusaciones que justificaban su arresto.
– De cualquier forma, lo hecho por Felipe IV está mal. Tenemos la obligación moral de manifestar nuestra inconformidad – dijo Dante.
Octubre
– ¡Que hijos de puta! – dijo Felipe IV al enterarse de la muerte del papa –. Está bueno que hayan apresado a Guillaume por pendejo, y no voy a mover un dedo para sacarlo de las cárceles italianas pues él tenía mis órdenes claras de capturarlo y traerlo a Francia. Nogaret sabía que mi deseo era humillarlo, paseándolo por las calles de París con un rótulo de hereje en su pecho – exclamó furiosamente el rey.
– Nogaret no fue encarcelado, su majestad – dijo su asesor Enguerrand de Marigny – porque se demostró que él no tuvo culpa directa en la muerte del papa; Colonna quién se declaró el hechor del crimen, fue absuelto porque su caudal económico y político es un blindaje contra cualquier ley que se le pretenda aplicar.
– Pero díganle a Guillaume, que no lo quiero ver por aquí – contestó el rey –, y que se mantenga en Roma para saber a qué obispo debemos apoyar para acabar de una sola vez, con estos conflictos que me tenía con Bonifacio.
– El que parece será el sucesor es el cardenal Niccolò Boccasini – dijo Jean-Marie Perrineau, el asesor en asuntos religiosos –. Ha estado apoyando a Bonifacio y estaba con él cuando fue apresado. No podemos esperar mucho de él.
– Estuvo de mediador en Flandes cuando firmamos la paz con el rey de Inglaterra – dijo Felipe IV –. Lo tratamos muy bien y creo que no es como Bonifacio. ¿Qué has averiguado de él?
– A los 14 años ingresó en la orden de los dominicos y en 1296 se le nombró Maestro General de la Orden de los Predicadores. Al igual que estos frailes, Boccasini practica las mortificaciones y penitencias, y se le conoce por su humildad y moderación.
– Bien. En cuanto a Nogaret y a Plessis, pensándolo mejor, prefiero que salgan inmediatamente de Italia. No quiero otra cagada que dé motivos al nuevo papa para seguir la lucha de Bonifacio. Programen una reunión para cuando Nogaret y Plessis estén aquí y así podremos planear nuestra mejor jugada.
Noviembre
El rey llegó temprano al castillo de Fontainebleau donde se desarrollaría la reunión con todos sus asesores: Nicolás Gillé, Rémi Lombard, Jean-Paul Lecomte, Jean-Marie Perrineau, Enguerrand de Marigny, Guillaume de Nogaret, Guillaume de Plessis, el duque Jean-Pierre Nodier y el cardenal Luque Vazart.
– Salimos tan de prisa de Italia – dijo Nogaret al rey –, que no hubo chance de que Sciarra Colonna escribiera una nota, pero le manda a decir, que le pide perdón si alguna de sus acciones lo incomodaron, pero que debe saber que sus amigos obispos, le han dicho que antes que termine este mes, elegirán a Boccasini como el nuevo papa. También quiere que sepa, que él haga lo imposible, si esto es posible de afirmar, para que el nuevo pontífice haga las paces con usted.
– Tomaremos en cuenta esa información – dijo Felipe IV dirigiéndose a todos los asesores que estaban en la reunión –. Con el cardenal Vazart hemos estado charlando al respecto, y ahora necesito vuestra opinión para saber si lo que planeo hacer es adecuado según el punto de vista de cada uno de ustedes. En pocas palabras, enviaré 3 embajadores con una carta real para felicitarlo como nuevo representante de Dios ante los hombres, agregando que me pongo de hinojos ante él… Bueno, es un decir, ustedes me dirán si es correcto o no. Le estoy pidiendo benevolencia para el reino y la iglesia de Francia, y me estoy comprometiendo a apoyarlo en cualquier cosa que necesite. Según nuestros contactos en la sede papal, Boccasini se hará llamar Benedicto XI. El duque Nodier leerá el borrador de la carta, párrafo por párrafo, para que puedan hacer sus comentarios. Necesito que esté lista para mañana y así enviarla de inmediato, para que le sea entregada al nuevo papa luego de su nombramiento.
Diciembre
El cardenal Vazart corrió a los aposentos del rey pues deseaba hacerle saber el contenido de la nota que acababa de llegar de Italia.
– Buenas nuevas, su majestad – dijo el cardenal cuando Felipe IV lo recibió –. Benedicto XI agradece el apoyo que le ha ofreciendo, y como muestra de buena fe, le informa que ha abolido la excomunión que su antecesor libró contra usted. Asegura saber que esta decisión no será bien vista por el pueblo italiano, pero que él asume la responsabilidad de sus actos. Le informa también que ha excomulgado a Guillaume de Nogaret, a los que invadieron a la fuerza el palacio de Anagni y a Sciarra Colonna. Termina la misiva invitándolo a Roma, en la fecha que usted estime conveniente.
– Esto hay que festejarlo, mi querido cardenal. Dios es benevolente conmigo y espero que siga siéndolo pues estoy planeando la venganza contra Flandes. Han pasado dos años desde que sufrimos una gran derrota en Courtrai, y desde entonces me he estado preparando para el desquite, y creo que ya ha llegado ese momento.
– Alabado sea Dios – dijo el cardenal.
1304
Agosto
Felipe IV el Hermoso está contento. Uno de los heraldos reales le acababa de informar que Flandes ha sido arrasada. Las notas que le traía narraban que en Mons-en-Pévèle, los enemigos caídos habían sido tantos, que ahora, el campo de batalla mostraba pinceladas de rojo hasta en las copas de los árboles.
“La anexión de Flandes a Francia está lista – pensó el rey –. Sin embargo, estoy consciente que aquí no acaba la guerra. Siempre habrá grupitos que seguirán luchando. Así que, para mantener este triunfo, necesitaré dinero… y mucho… De algún lugar tengo que sacarlo. La asamblea tiene que aprobar las leyes que les he preparado… La riqueza de los judíos debe confiscarse de cualquier forma, no me importa si para lograrlo hay que expulsarlos de Francia. En Lombardía hay otros que son demasiado ricos… Habrá que pensar en los templarios también, y a los curas tenemos que ponerles más impuestos. Ahorita es el momento, pues el papa tiene tantos problemas con los italianos que me parece que ni siquiera se va a enterar… Bueno, y si se entera, qué me importa. Por otra parte, tengo que agradecerle a la Virgen María porque fue ella la que me ayudó a obtener esta victoria. Voy a mostrarle mi agradecimiento, colocando una estatua ecuestre mía, frente a su altar en la catedral de Notre-Dame”.
1305
Septiembre
La ceremonia se desarrollaba ostentosamente como Felipe IV la había solicitado. Diez años antes, el rey había hecho una jugada de alta diplomacia al comprometer a sus hijos con las hijas de Otón de Borgoña, y hoy que se celebraban las bodas de Luis con Margarita, de Carlos con Blanca y de Felipito con Juanita, el rey estaba satisfecho porque sabía que estas relaciones fortalecerían mucho a Francia.
Mientras la mayoría de los invitados se había acercado al quiosco para escuchar mejor la música que producía el cuarteto de fídulas o violas de arco, Felipe IV se había mantenido al lado de su esposa, Juana I de Navarra, en la mesa del banquete.
– Viendo a Felipe casado a sus 16 años, no puedo evitar recordar a nuestras hijas Margarita y Blanca – dijo la reina.
– Yo tampoco… Margarita murió de cuatro años y yo ya había conseguido comprometerla con Eduardo I de Inglaterra – se lamentó el rey.
– Y Blanca apenas tenía un añito cuando murió – dijo ella –. ¡Isabel! – Llamó la reina a su hija que pasaba cerca –, ¿puedes acompañar a tu padre un momento mientras voy a ver cómo está Robertito, que sigue muy enfermo?
– Claro – dijo Isabel –, será un honor estar con este hombre tan bello. ¿Usted qué opina su majestad? – preguntó con malicia Isabel.
– Siéntate aquí hija – dijo el rey –. Espero que el joven con el que te comprometí sea tan caballeroso como su padre.
– No está mal – dijo Isabel.
– ¿Y qué te parecen tus cuñadas?
– Creo que la grandeza de Francia es primero – dijo la hija.
– Eso quiere decir que no te gustan – sonrió el rey.
– Pudiste conseguirles algo mejor, no sé… No las he tratado mucho… Mira a Luis – señaló a su hermano mayor –, siempre rodeado de gente.
– Es normal – dijo Felipe IV –, será el rey cuando yo me muera.
– No digas eso papi – clamó Isabel –. Tú vivirás muchos años y yo te daré muchos nietos, ya verás.
– No he visto a Carlos – dijo el rey.
– Por ahí lo vi hace un rato –. Isabel lo buscó entre la multitud y no lo pudo hallar –. ¿Sabías que lo apodan, Carlos el Hermoso?
– De tal palo tal astilla – sonrió el rey mientras abrazaba a su hija –. Y a Felipe ¿cómo lo apodan? – preguntó.
– El Largo, pero todavía no sé por qué – dijo Isabel –, pero mira, ahí viene tu consuegro, te dejo con él, que a lo mejor tienes asuntos que tratar. Te veo luego, te quiero papá.
Otón de Borgoña, solo vino a despedirse. El rey se quedó solo y mientras escuchaba la música, algunos pensamientos le invadieron la mente: “los judíos dejaron de ser un problema hace un año, pero Benedicto XI con esa su muerte repentina complicó un poco las cosas. De suerte que se me ocurrió propagar aquello de que tuve una revelación divina donde veía a Bertrand de Got como el nuevo papa. Bertrand… bueno, Clemente V, aún no me acostumbro a su nuevo nombre, no es que sea una maravilla, pero me debe muchos favores y quizás eso me ayude a mantenerlo a raya. Ya el hecho de haber aceptado pasar la sede papal a Avignon, dice mucho de él… El Estado necesita un nuevo sistema fiscal para que la recaudación de impuestos se realice de manera eficiente y para descubrir a aquellos que se enriquecen en estos puestos… Hay que reducir el oro y la plata en las monedas. Un metal menos valioso hará el mismo trabajo… Dar títulos de nobleza a quienes los puedan pagar es una buena idea, y los títulos de libertad para los siervos también puede dejar grandes ganancias…”