Esta novela cuenta hechos reales ocurridos a varias personas pero que yo agrupé en una sola. Se puede encontrar en Amazon.com, casadellibro.com y yo aun tengo algunos ejemplares en papel al costo: Lps. 30.00, por si a alguien le interesa.

I

    «No me comprenden – ra­zona­ba -, ¿o será que les gusta fastidiarme?, ¡no!, no lo creo. ¡No comprenden, eso es! Esperan que yo haga lo que ellos quie­ren, ¡no ven que soy distinto! ¡Soy yo! ¿Por qué me torturan? ¿Por qué no me dejan seguir mi camino?, ¿por qué?, ¡no lo en­tienden! ¡Es mi vida! No quiero estudiar, ¿por qué se obstinan en obli­gar­me? ¡No quiero! ¡No qui­ero y basta! ¡no me gusta!, ¡váyanse al diablo si quieren pero no me jo­dan..!». Metió la cabeza bajo la al­mohada tratando de huirle a la luz que se filtraba por las cortinas de la ventana y a estas ideas que lo perseguían. «­¡Qué hogar..! – pensó -, ¡ja, ja!, ¡ho­gar! – se reprochó -, ¡infierno!, ¡sí, infierno es esto! ¿A­caso papá no es el demonio mis­mo?». Rafael se volteó, colo­có la almohada sobre su ca­ra, unos segundos después la quitó, la mantuvo sobre su pecho y terminó tirán­do­la al suelo; se acostó de lado, luego boca abajo, otra vez giró sobre sí mis­mo hasta quedar boca a­rriba; al rato se es­tiró, se encogió, se sen­tó y volvió a tender­se… Estaba desvelado, más que de costumbre, y en sus ojos parecía verse el sitio por donde las energías derrochadas se habían escabullido. «Hoy sí estoy jodido. Me siento como…, como na­da. Sí, eso es, me sien­to nada; apenas quiero mover­me… Quisi­era volar, no, volar no, sino estar allá, en el espacio, ingravitando, no-gravi­tan­do, ¡qué sé yo cómo se di­ce!, flotando quizás, no sentir nada y de­jarme llevar, per­derme, despreo­cupar­me, es­fumarme». Queriendo ahuyentar el cansancio, hizo mil intentos para dor­mir, pero el torbellino que agi­taba su mente no se lo per­mitía, «¿qué puedo hacer?, ¿irme?, no, ¡no!, ¿adónde irí­a?»; se sentó. Algo le incomodaba en el pecho, un vacío, una pesantez que parecía incrementarse lentamente. No supo explicarselo, pero no sopor­tó más y se levantó dispuesto a alejarse de aquel ambiente que lo sofocaba. Salió del cuarto pero lo detu­vo, en las escaleras, una ocasional brisa que le acarició el rostro haciéndolo olvidar mo­mentáneamente sus penas. Res­pi­ró pro­fundamente y se recostó en la barandilla donde su mundo se evaporó por un instante, un instante que sirvió para borrar algunas horas en pocos minutos.

    El silencio que se le adhería  al cuerpo le recordaba que era domingo. Cada siete días se repetía la escena: su padre en el fútbol, sus hermanos a saber dónde, su madre en el culto y él, desde el mismo lugar, contemplando todo sin prestar la más mínima atención. Su mirada perdida en la última pincelada que el resplandor de la tarde daba a los techos de las casas que se preparaban para desvanecerse en las sombras de la noche. «Que soy malagra­decido y ruin, di­cen, que no les quie­ro…» su mente volvía a trabajar sin que él pudiese evi­tar­lo. «Andá a oír música», se dijo, «distraete; no le parés bola1 a esas pen­dejadas2«, pero no se movió, más bien continuó esculpido en aquellas escaleras de la casa.

    «Mi padre – se explicó -, ¡es un viejo de ideas anti­cuadas e incorrectas! Como es chafarote3 nos tra­ta como subal­ternos, nos pre­senta la misma cara que a ellos y a lo mejor espera que le salu­demos mili­tar­men­te cada vez que le en­con­tre­mos. Si nos dice algo, ¡gri­ta!, para pedir, ¡ordena!, ca­rece de tiempo para es­cu­charnos o está ocupado, nos da por obliga­ción, ¡no por cariño! Si se encuentra en casa, hay es­tado de sitio y por las no­ches, to­que de queda. No hay día de dios que no guerree y nos somete a tra­bajos forzados siempre que puede. Que yo recuerde – se lamen­tó -, nunca nos ha regalado una sonrisa, menos una conversación. Miedo, si, miedo es lo que siempre le tuve, ¿por qué?, mm…, no sé…, ahora lo desprecio y lo contradigo solo por joder… Por eso lo llamé ladrón, ¿y no es cierto pues? En este país ¿qué militar no lo es? » se levantó y se en­cami­nó a la cocina.

    – ¡Mierda! – exclamó al no encontrar nada que satis­faciese su apetito -. ¡A­quí sólo las cucarachas se ali­mentan! – gri­tó en di­rección al cuarto de sus pa­dres.

    – ¿Qué pasa? – preguntó su madre. Se asomó. Estaba prepa­rándose para salir.

    – ¡Nada! – gritó furio­so Rafael. Pa­teó la puerta y salió refunfuñando.

    – ¡Puta! mejor pegame – ex­clamó Doña Antonieta.

    Rafael apenas oyó el repro­che. Salió casi cor­ri­endo, de­seando la sole­dad, con tal de poder ol­vidar. «¡Ah!, usted no de­bería de­cir nada – incriminó -, a usted solo le interesan sus a­sun­tos. Entre el negocio y la religión, usted olvidó sus obligaciones de madre. Usted cree que con dar­nos de co­mer, con traernos tonte­ras y regalarnos plata, es­tamos felices. ¡Pues no!, ¡no basta! – caminaba lentamente, con las manos en las bolsas y la cabeza gacha. Aca­rició su peinado, – us­ted ni siquiera sabe lo que me gusta, ¡usted no sabe nada de mí! ¡nada, nada!».

    Rafael rondaba los catorce años, no cuidaba su aseo personal y manifestaba en su mirada un desaire poco común. Tacitur­no, egoísta, débil y vol­tario, sentía – como todos los de su edad – la nece­si­dad de hacerse notar. Esto, le ha­cía lucir orgulloso la som­bra apenas perceptible de su bigote, su peinado pun­tiagudo, su vestimenta des­proporcional a su talle y su llamativa ra­dio-graba­dora portá­til. Sus dudas de adolescente fluían entre sus amigos con chabacanería, chistes, bromas, alcohol y drogas, todo alternado reiteradamente hasta altas horas de la noche.

   Las cam­panas de la igle­sia lo despertaron de su en­simismamiento. Notó que el alum­brado eléctrico ya ba­ñaba el ambiente con su mortecina luz y que al­rededor de las bombillas fluo­res­centes revolo­teaban grupos de insectos que buscaban en aquel punto luminoso, el día que aca­baba de desapa­recer. Encaminó sus pasos hacia el callejón sombrío donde se congregaba con su pandilla. Era una callejuela del extremo norte del barrio, donde los vestigios de la otrora área verde, estaban aniquilados por coloridas y fortificadas casas de ladrillo, que poco a poco iban aplastando las últimas mal clavadas tablas carcomidas, que con mucha dificultad evitaban que el viento apagase el candil que ardía, en el interior de aquel espacio lleno de hambre, de frío y de miseria.

   Al pasar la esquina vio al grupo de sus amigos y a medida que avanzaba, percibió las sombras del mentiroso «Siete Polvos», el inquieto «Tor­tía Loca», el bailarín «Tararira», el gra­ndulón «Caba­llón», el haragán «Moco Seco», el bo­cón «Tromp’e Mula» y el ren­co «Pat’e Cabra». Al aproximarse más, escuchó a «Siete Pol­vos», que acentuaba sus pa­la­bras para mostrar la cer­teza de su relato, – ¡yo la conoz­co! – afirmaba, y ponía realce en sus gestos al decir – ¡yo mismo la vi! -. La narración era atendida especialmente por «Tromp’e Mula» quien enamorado platónicamente de la joven mencionada, es­cuchaba molesto y desconcertado, las aseveraciones de su camarada.

   Al ver que notaban su presencia, Rafael saludó con un ligero movimiento de la cabeza, sin extraer las manos de los bolsillos del pantalón ni expresar palabra alguna…

   – ¡Ajá!¡»Comandante Cerón»! – dijo «Pat’e Cabra», resaltando la frase, pues sabía que a Rafael le fastidiaba este mote -. ¿Qui’ubo?4 – agregó.

   Rafael no contestó, se limitó a observar severa­mente a su interlocutor, quien comenzó a reírse con descaro y malicia.

   – ¡Ah «Poca Paja»! – agregó «Siete Polvos» con desaprobación -, ¡hablá hombre! – continuó, resaltando esta última palabra y golpeando suavemente con su palma, la espalda de Rafael.

   Rafael ignoró la solicitud logrando desviar la atención del grupo hacia otro tema. El aire retumbaba con el ritmo estridente y jacarandoso de «Radio Vibración», mientras «Tortía Loca», que como los demás usaba el pelo largo, sucio y desgreñado, movíase según los acordes radiales. Elevaba ligeramente su pierna derecha a la vez que giraba el resto del cuerpo a la izquierda, mientras su antebrazo derecho llevaba la mano, que con los dedos seguía el compás musical, hasta la altura del hombro, para luego ejecutar la misma operación en el otro sentido. Su cabeza inmóvil que lucía un sombrero de felpa de alas gachas tan sucio que apenas se descubría su color original, le daba un cariz extraño y gracioso que lo hacía parecer el payaso del grupo.

   “Tararira” canturreaba, tratando de imitar la voz del cantante norteamericano que ahogada en las notas del sintetizador se volvía ininteligible. Su rostro enjuto, trigueño y fatigado por el ocio, le proporcionaba un aspecto afligido y su descuida dentadura pintaba su risa con un color inverosímil, que más que manifestar el gozo del alma, asustaba a quien no le conocía.

   Alguien mencionó algo desagradable de Adela, la hermana de «Caballón», muchacho bastante bobo, corpulento y colérico quien se levantó furioso y retó al «ju’e puta» que estaba hablando papadas… Una bronca más, relajo, risas, palabras altisonantes, gritos, golpes, y quince minutos después, el incidente guardado en el olvido. La escena se repetiría luego, igual que ayer, anteayer y la semana pasada.

   Los coloquios continuaron, ahora era un chiste, después una broma seguida de una ofensa, alegatos eufóricos, los resultados del fútbol, empujes de provocación, carcajadas burlescas y al final una alusión sexual. La fuerza indomable que avasalla al adolescente también se abría camino entre los recovecos dejados por la droga y el alcohol, y la visita a los burdeles surgía como tema especial en esas ocasiones. Rafael había visto a las mujeres sólo en revistas, pero visitar una mancebía y estar con una, le causaba una sensación rara, mezcla de ganas y temor.

      – “La Chona”, ¡es vergona! -, afirmó “Moco Seco” -, te va a encantar.

   – Como “La Tila” no hay ninguna – alegó “Siete Polvos” -, ella te va a enseñar todo lo necesario – le dijo a Rafael.

   «Moco Seco» acababa de terminar un par de chistes y comenzaba a imitar a uno de los políticos en campaña elec­toral.

   – ¡Correligionarios! – dijo con acentuada voz -, estamos aquí, en este arrobador paraje…

   – Ya va robando algo, éste – inter­rumpió «Tromp’e Mula».

   – ¡Callate hombre! – gritó “Tortía Loca”.

   – Bueno – continuó -, como les decía mi muy amados seguidores, estamos en este esplendoroso paraje de este mi muy entrañablísimo terru­ño…

   – ¡Puta voj5!, usá palabraj6 fácilej7. Ponete a mi nivel…- dijo “Caballón”.

   – Callen a este cabrón o lo hago desaparecer en cuanto llegue al poder.

   – Ta8 bien. Candado en la jeta9. Ya ven que no esiste10 la tal democracia – se rió.

   – A ustedes – continuó “Moco Seco” -, lanzo mi suplicante voza­rrón – tosió -, pues son ustedes la única esperanza que tiene mi Patria, de verme rico y poderoso, gordo e inmune, lleno de títulos y honores. Bueno, sepan que si votan por mí, ya no habrán cárceles pues no habrán crimina­les. También sepan que no habrán pobres porque no habrá desempleo. No habrá desempleo porque no habrá trabajo. No habrá traba­jo porque… porque… ¿por qué no habrá trabajo? Bueno no sé, mis asesores así lo han co­piado en esta hoja de papel que estoy leyendo. Quiero asegurarles, que no habrán enfermedades pues matare­mos a los enfermos. No habrá guerras, ni cor­rup­ción, ni militares, ni abogados, ni drogas…

   – Ya jodiste vos – lo interrumpió “Pat’e Cabra”.

   – Perdiste mi voto – gritó “Tararira”.

   – Perdete político – solicitó “Siete Polvos”.

   – Ají11 no je12 vale – dijo Caballón”.

   Todos agarraron a «Moco Seco» y entre risas y patadas lo zarandearon hasta cansarse.

   – ¡Miren esa cosita que viene ái13! – dijo «Tortía Loca» al ver venir una muchacha gordita que avanzaba con paso corto y meneo de vaivén.

   – ¡Adiós mamacita! – piropeó «Tarari­ra», modificando la voz para hacerla mas agradable pero no logrando ocultar el tono burlón de su lisonja.

   Al no haber respuesta, las impreca­ciones y los insultos no se hicieron esperar.

   – ¡Imbéciles! – vociferó la joven indignada y angustiada.

   – ¡Adiós elefante tierno! – se oyó.

   – ¡Hey, nalgas de hipopótamo! – ex­clamó otro.

   Las carcajadas del grupo inundaban la noche.

   – ¡Nacatamal mal envuelto! – gritó uno más, mientras «Caballón» preguntaba al grupo si andaban charraj14 o pasta15.

   – Mañana guá16 conseguir yerba17 – dijo «Tortía Loca» -, y de la güena18 – afirmó.

   La noche huyó y la madrugada invadió la callejuela. El barrio quedó desierto y silente aunque de vez en cuando era herido por los lejanos lamentos perrunos y por ocasionales susurros que no dejaban adivinar su origen. De tiempo en tiempo pasaban los últimos borrachos dominicales que, solos o en reducidos grupos, avanzaban tropezándose y entonando especies de cantos que adornaban el ritmo de su bamboleo o el golpe indoloro de una caída.

   La conversación giraba de nuevo sobre  los mismos asuntos cuando Rafael decidió regresar a casa. Como siempre, los candados sellaban los portones, por lo que tuvo que saltar la verja metálica que temblequeando bajo la acción de sus movimientos, aguzó a los perros que gruñendo ferozmente, brotaron de la sombra.

   – ¡Tigre!, ¡Campeón! – los acarició. Su voz flaqueó al finalizar la palabra. Esto le pasaba a menudo, no lo podía evitar. Se apenó momentáneamente, pero al saberse solo, recuperó la confianza y se rió de sí. Las fieras, con demostraciones de cariño, lo acompañaron hasta las escaleras, en donde fueron absorbidos otra vez por la oscuridad. Llegó a su cuarto y empujó la puerta. Esta, chirrió endia­bladamente. Encendió la lámpara y notó que Miguel, su hermano menor, aún no había regresado. Sin desnudarse se ten­dió en la cama, inundó de oscuridad el cuarto, cerró los ojos y antes de darse cuenta el sueño lo devoró completamente.

                    II

    En su confusión, Rafael percibía únicamente un sosiego general en el que sus juegos íntimos alcanzaban la cúspide del placer. Esther, su vecina de tersa piel trigueña, pelo corto, ojos grandes y carnosos labios, era lo real, ¿qué importancia podía tener en aquel momento el lugar o los objetos que lo rodeaban? Una leve sonrisa se esbozaba en ella y en su dulce mirada se bosque­jaba la inopinada presencia del deseo. Rafael con una destreza de la que no se sabía poseedor, le desabotonó la blusa que al caer, dejó ver parte de la be­lleza escondida.

   – ¿Cómo se quita esto? – preguntó mientras forcejeaba con los ganchitos del sostén.

   – ¡Ah, inútil! – reprochó ella con tono pícaro y cariñoso. Lo quedó viendo fijamente, desafiando con su expresión la incapacidad de aquél.

   – ¡Ya! – suspiró triunfalmente a la vez que deslizaba dicha prenda para mostrarla a Esther, que ahora resplan­decía bajo el hechizo de su desnudez.

   Rafael no pensaba, se dejaba llevar por la dicha embriagadora del momento. No supo cómo había desaparecido la falda como tampoco supo dónde habían comenzado sus caricias. Su mano se paseaba por la candidez de su seno, ya con delicadeza extrema, ya con exaltado frenesí, en tanto sus labios besaban el otro, des­cubriendo que allí ardía también un fuego vivo, igual al que le corría por las venas y le enloquecía el alma. Ora cosquilleaba el botoncillo desafiante, ora lo besaba y en su demencia temporal llegó incluso a lastimarlo desenfrenadamente. Aquel apetito sexual  adolescente que lo dominaba, le producía el desconcierto de no saber qué hacer ahora que tenía aquel latiente cuerpo enredado con el suyo. Sus manos esquiaron hasta los muslos, desde donde buscaron el centro de las palpitaciones rítmicas que lo trastornaban. Era indescriptible lo que sentía, todo, absolu­tamente todo, dejaba de existir. Todo era un ensueño, todo se le esfumaba y todo reaparecía, pero lo que sí estaba claro y definido era la esencia del placer…    

   Una serie de convulsiones lo hicieron recobrarse del aparente desvanecimiento instantáneo y despertó. Cuando palpó sus ropas, el apacible sueño le pareció desagradable. «Puta», pensó. Con notable malestar se levantó, perezosamente se desnudó, tomó su grabadora y se encaminó al baño.

   Un par de tortillas con queso fue su desayuno, después del cual, salió y se reunió en la primera esquina cercana a su casa con Roberto «Moco Seco» y Carlos «Caballón», quienes estaban sentados en un muro de mampostería bajo la sombra de un vetusto y frondoso cedro.

   – ¡¿Qué pedo, loco?! – saludó Carlos.

   – ¡Mm..! – gruñó Rafael, perdien­do su mirada en el espectáculo que el otrora centro de la ciudad le brindaba. Desde aquel muro, se notaba cómo los techos de tejas sucias iban siendo des­plazados por las nuevas moles de con­creto armado, que con parsimonioso desa­rrollo abatían el perfil pueblerino de la enmontañada capital.

   – ¿Qué horas serán? – preguntó Rafa­el, mirando a uno y a otro para que su­pieran que a ambos se dirigía.

   – Ya van a ser las once – contestó Roberto -, no te preocupés, ya vá1 pasar, tate2 tranquilo – agregó -. Tas3 en­culado4, ¿vaá?5 – terminó esperando una respuesta que nunca llegó.

   Rafael se sabía víctima de una fuerza maravillosa y perversa que era capaz de involucrarlo en locuras insospechadas. Sufría un indomable arrobamiento provocado por Karem, una primo­rosa niña de cabello largo, ojos de princesa, inmaculado andar, pero rebosante timidez ante la mirada de los jovencitos. Siempre que pasaba por aquel lugar donde Rafael se sentaba para verla pasar, ella apresura­ba el paso, estrechaba contra su pecho sus cuadernos e inclinaba la cabeza para que sus bucles cayesen hacia el rostro y escondiesen su expresión.

   Rafael no se atrevía a hablarle, pero guardaba para ella, sus más puros pensamientos y sus mejores deseos. Para él, ella era más que sublime, más que encantadora, más que hermosa… No desaprovechaba ocasión para verla y conocía con duda­ble certitud, su rutina. No verla era un tormento, como lo era no hablarle, pero esto último a diferencia de lo primero que perturbaba su calma, tenía sosiego en sus fantasías.

   -!Conseguite carro hoy en la noche, homme6! – sugirió Roberto, dejando es­capar por la boca y la nariz el humo del ciga­rro que paladeaba -. ¡Y vamos a joder al centro! – agregó, reflejando en su ros­tro la emoción que tal deseo le causaba.

   – Tal vez – contestó Rafael con des­gana y desazón.

   – Conseguilo – instó -. ¡Vos podés, homme! – afirmó.

   – Depende… – susurró con vacila­ción.

   – ¿De qué, voj? – indagó Carlos.

   – ¡Del viejo, hombre! – exclamó Ra­fael con voz enojada y expresión de fastidio.

   – ¡Puta!, pegame voj – protestó ofen­dido Carlos, ante la inusitada respues­ta.

   – Voa7 ver si se descuida… – prome­tió Rafael, quien se distraía de la conver­sación al pensar en Karem.

   – ¿A qué hora? – musitó Roberto.

   – ¿Ah?

   – L’hora8 vos, l’hora – repitió Rober­to impaciente.

   – No sé… – susurró, acompañando su duda con una ligera negación de la ca­beza, – pero vengan a mi casa temprano, por si acaso tenemos que sacarlo em­pujado – pidió, previendo que tendrían que sacarlo apagado para no alertar a su padre…

   Llegada la hora, Rafael ya sabía que el coronel Majunco, como de costumbre, estaba en su alcoba. Sin embargo volvió a escurrirse por el jardín y a través de la ventana, comprobó si seguía allí. Estaba en camiseta y calzoncillos por lo que se dirigió a la ventana de la sala, para confirmar si su madre seguía viendo las telenovelas. Tranquilizado con estas circunstancias, Rafael se dirigió al garaje donde abrió las puertas y llamó con un gesto manual a sus camaradas.

   – ¡Sssh! – advirtió con el dedo índi­ce en los labios -, no hagan bulla – agregó suavemente.

   – Jesús «Tromp’e Mula», Miguel «Siete Polvos», Jorge «Tararira», Roberto y Carlos entraron sigilosamente y sacaron a empujones el vehículo…

   – ¿Onde9 vamos? – interrogó Rafael.

   – ¡Al centro! – dijo Jesús, que junto a Roberto, Carlos y Miguel ocupaba el asiento trasero.

   – ¡Al Sur! – exclamó Roberto.

   – Mejor vamos a “Piedras Nue­vas” – opinó Miguel -. Ahí tengo amigas. ¡Sí! ¡De verdá10! – ase­guró, notando la incredulidad de sus compañeros.

   – ¡Bueno! – interrumpió Roberto -, vamos onde11 sea, no importa, pero cambi’esa12 música – reprochó -.

   – Prefiero ir al sur, porque ahí no hay policías, y siempre se ven mucha­chas.

   – ¡Sí! – interrumpió Miguel.

   – ¡Vaya pué13! – asintió Jorge, quien trataba de sintonizar una emisora de música a su gusto.

   En el trayecto, pasaron reiteradamen­te por la casa de Karem; evitaron calles concurridas para no toparse con agentes de tránsito; asustaron a un anciano que saltó despavorido al ver un par de faroles deslumbrantes acercár­sele ver­tiginosamente; molestaron a una pros­tituta callejera que enojada les lanzó una piedra; ensayaron de acariciar nal­gas descuidadas que caminaban al borde de las aceras y que les produjeron una algarabía jubilosa cuando sus es­fuerzos se vieron realizados; corretearon a gran velocidad en bulevares tratando de ga­narle a los vehículos que osaban retar­los, ya fueran estos, taxis, buses u otros jóvenes como ellos.

   En el sur, y en un bar que visi­taban a menudo, saborearon cervezas y continuaron disfrutando de sus hazañas, chistes, proyectos y bromas. Allí, Rafael chupó por vez primera, aquel rollo de hojas apretadas que sus compañeros se pasaban uno a uno y que aparentemente les dejaba tanta satisfacción. Tenía miedo, pero también curiosi­dad. Sus camaradas lo urgían. «Son mis amigos», pensó. Fumó temeroso, casi distraído…

   – ¡No seas tonto! – reprochó Jesús – así no vas a sentir nada. Así, mirá – arrebató aquella especie de cigarrillo, lo afianzó en sus labios, pareció ex­primirlo con fuerza, deleite y con­centración, como si con su pensamiento guiase ese humo de característico olor hasta los más profundos rincones de su ser -. Probá – dijo, mientras se lo devolvía.

   Rafael siguiendo las instrucciones, cerró los ojos y haló con tanta fuerza que un ligero desvanecimiento acompañó a la calidez que sintió invadirle los pulmones.

   «¡Nada, yo no siento nada!», pensó, y lo volvió a chupar una y otra vez…

   Momentos después, Rafael estaba muy comunicativo. Sentía el deseo de ex­presar el bienestar que lo embargaba y la alegría que descubría en todo lo que lo rodeaba.

   «¡Qué hermoso – razonaba -. ¡Nunca pensé que la oscuridad fuera fresca y que la noche tuviera ese olor de man­darina..! ¡Ah!, ¡qué delicia..! ¡Hasta música sale de las estrellas..! ¿y esa luz?, ah, ¡es Venus!, ¡qué cerca está!, ¡y qué bonita luz, suave, acariciadora y colorida..! ¡Qué liviano me siento!, ¡qué macanudo! ¡Parece que vuelo!, ¡uh, floto..!»

   – ¡Hey, «Poca Paja» – llamó Miguel, tomándolo del hombro.

   Rafael sintió una carga inmensa que lo aplastaba. Giró pesadamente la cabeza y vio un rostro deforme que lo obser­vaba. Tuvo miedo. Perdió el conocimien­to. No supo cuánto tiempo estuvo así, pero lo despertó un sonido misterioso, ininteligible… «¡¿Qu’es eso?!, coros celestiales – prestó atención, – siguen, ¡sí! siguen, pero no los entiendo…».

   Rafael notaba que algo desconocido causaba a su espíritu un gozo insospe­chado que tornaba insignificantes las preocupaciones, las dudas, los males­tares, el tiempo… Descubriose manejan­do un automóvil y acompañado por unos extraños… Su mente excitada, descubría las pequeñas maravillas de la natu­raleza.

   «¡Qué encantador es todo: el movimi­ento, la presteza de la luz que le in­dicaba el camino, aquella infinidad de puntos palpitantes de la ciudad..!, ¡pero qué lento avanzo!» – se reprochó sin advertir que su pie apretaba total­mente el acelerador.

   «No me había fijado en la belleza de la ciudad. Luces, soledad, edificios, luz roja, alto, ¡va, qué alto ni qué ocho cuartos.

   Volvió en sí, en su cuarto, al cual no recordaba cómo había regresado. Una profunda tristeza lo invadía, en tanto sus problemas se agolpaban en su mente envenenando sus pensamientos…

                    III

    Así deslizábanse los días de Rafael, uno tras otro, acumulándose rápidamente en semanas improductivas y recargándolo de desprecio por todo aquello que lo ro­deaba. Su vida extraña, inútil y des­tructiva se consolidaba lenta, segura y tenazmente, matando los vestigios del incipiente amor, extinguiendo el ímpetu avasallador de sus juveniles proyectos y esclavizando su preciada libertad con el yugo inextricable de los estupefacien­tes.

   Desde aquella noche cuando experimentó las fugases delicias de la mariguana, se aficionó a los narcóticos, sobre todo a las pastillas sedantes, relativamente baratas y de fácil adquisición.

   – ¡Esto es pijudo1! – aseguró «Tortía Loca», pasándole un sobre con un polvo farináceo -. Tomá un poquitito y untalo así – dijo, reco­giendo en su dedo una pizca de aquella sustancia y aplicándola mezquina y cui­dadosamente en su labio superior -. ¡Y ahora, con fuerza! – murmuró acompañán­dose de un dilatado suspiro. Con­tuvo la respiración, cerró los ojos y sonrió satisfecho -. ¡Dale! – lo animó un mo­mento después.

   Rafael siguió las instrucciones y respiró animoso. Casi al instante, un frío seco lo estremeció asustándolo terriblemente. Trataba de articular palabras cuando ligeros temblores sur­gieron en sus labios y se propagaron paulatinamente al resto de su cuerpo. Sus temores se acrecentaban y en ellos, la idea de la muerte relampagueaba ince­sante. Su tristeza glacial transformábase de súbito, en penosos suspiros que brotaban atropelladamente desde su pecho y cuya tortura engendraba gotas de hela­do sudor que le inundaban la frente. Una mirada vaga, rara e inhumana, aparecía y desaparecía tras los telones pesadísimos de sus párpados…

   Algunas horas después, pasado el efecto, apenas recordaba la serie de sen­saciones experimentadas, pero perdu­raban su miedo y su desconcierto. «Puta, jamás vuelvo a probar esta mierda», pensó, en tanto refregaba sus sucias uñas contra el cráneo que sin notarlo, le había sido invadido por una plaga de piojos.

   Pasaron dos años y el consumo diario de drogas le habían debilitado más su carácter. Ahora, se dejaba conducir dócilmente por la vereda seguida por sus amigos; era incapaz de visualizar un sendero propio; había abandonado la persecución de objetivo alguno y derrochaba el vigor de su edad.

   En una época hojeó con erótico deleite, revistas pornográficas y asistió receloso, a los cinemas que anun­ciaban con rótulos gigantescos un «pro­hi­bido para menores de 21 años». Pero las drogas acabaron también con esto, y la masturbación lo terminó llevando a ocasionales juegos sexuales con un amar­go sabor de culpa.

   Llegó un momento que todo su pensamiento se centraba en cómo obtener sus calmantes. Comenzó tomando objetos insignifi­cantes de su casa, luego, dinero del pantalón del padre o de la cartera materna, después fueron los libros, y al final hasta sacaba gasolina del auto, pero ahora, sin importar dónde, al sentirse solo, tomaba aquello que estuviese al alcance de su mano.

   A veces, lograba entrever su embara­zosa situación, pero aliviaba su sensibili­dad con los embriagadores efectos de sus pastillas y asegurándose a sí mismo, que así castigaba a sus descuidados progenitores que, con alimentarlo, vestirlo y alojarlo, ya creían cumplida la misión de padre…

                    IV

    Amanecía. Era un viernes dicembrino y la Plaza Central despertaba con los esten­tóreos gritos de los pájaros y el andar cansado de un humilde barrendero que, cabizbajo, callado y triste, recorría maquinalmente su lugar de trabajo.

   En una de las aceras, Rafael y Jesús, esperaban el arribo de un bus del transporte urbano.

   – ¿Cuánto llevás? – preguntó Jesús.

   – Cien pesos y pico1.

   – ¡Puta!, le hubieras sacado más al viejo.

   – No pude – chascó Rafael – ¿y vos?

   – Poco menos pero ái2 nos l’arreglamos – aseguró.

   Un destartalado bus llegó cuando to­davía los faroles esparcían su clari­dad anaranjada y un viento frío cantur­reaba entre las hojas un himno mis­terioso.

   – ¡Mercado, Mercado, Mercado! – venía gritando con premura un muchacho desde la portezuela. – ¡¿Se van?, ¿se van?… Mercado, Mercado, Aeropuerto, vengan! – continuó sus vertiginosas frases, mien­tras el autobús se detenía perezosamen­te.

   – Esperen – rogó el cobrador a los dos muchachos de mochila que se dispo­nían a abordar súbitamente. – Que bajen – agregó, para luego ordenar a los que descendían – rápido, rápido… apúren­se…

   A esa hora, antes del mare mágnum de personas que se dirigen a sus trabajos, el recorrido del bus fue tranquilo y solo se oía el ruido confuso de la música mezclado con el crepitar de la máquina que dejaba a su paso, una estela gaseiforme negra que se adhería subrepticiamente a todas las superficies que acariciaba.

   Un par de horas después, Jesús y Rafael se alejaban de la ciudad, a pie, demandando infructuosamente a los auto­movilistas que por ahí pasaban, que los llevasen, pero Rafael no se hacía de esperanzas pues notaba la desconfianza de los conductores que los ob­servaban.

   Era ya mediodía cuando un auto se detuvo. Su conductor era un señor gordo, chaparro, jovial y muy conversador. No era viejo. Sus ojos eran infantilmente alegres y bajo su nariz respingona, lucía un tímido bigote, inquieto debido a un movimiento bucal constante, que parecía provenir de un forcejeo fallido de la lengua que buscaba acomodar firmemente la mal ajustada dentadura postiza.

   Aquel hombre no paraba de hablar. “Soy comerciante y resido en el sur con mi familia. Dos hijas tengo. Son graciosas e ingeniosas esas criaturas… Yo nací en el occidente del país, mi mujer, es costeña, buena esposa y excelen­te madre. Pertenezco por herencia al parti­do con­servador, pero ya no creo en ningún aspirante presidencial pues éstos, solo engañan a la gente para repartirse el pastel gubernamental… Soy cató­lico y asis­to a misa cada mañana de cada do­mingo. Me gustaba asis­tir a la de la Catedral, para ver las caras de tantos sinvergüenzas que reciben la hostia con cara de ange­litos…” Rafael observaba el paisaje mientras lamentaba no poseer un mecanismo que le cerrara los oídos a voluntad. De vez en cuando el monólogo del conductor le ahuyentaba el distraimiento, y un torrente de frases lo invadía sin que él pudiese evitarlo. “Yo conozco un coronel que tiene ami­gos entre narcotra­ficantes… Yo sé de terrenos comprados por gente del Gobier­no a los cuales le incrementan el precio real para obte­ner un sustancial provecho…” Rafael divagaba pero las palabras caían en su conciencia sin conexión alguna: prostitutas…, guerrilleros…, abogados…, militares… “Hace un siglo que no compro chocolates… Automó­viles nue­vos, ni hablar, solo los narcotrafi­cantes o los diputados… El crimen­, in­creí­ble­mente osado… Los milita­res deben de estar metidos en todo eso… Actual­mente vamos de corrupción en cor­rupción…  Y la educación, por los suelos…”

   Era de noche cuando se terminaron los monólogos. Al bajarse del auto, Rafael estaba un poco marea­do, no sabía si debido a las historias o al movimiento del carro, sin embargo, se sentía libre. Las circunstancias diarias que lo hacían deses­perar estaban lejos, ya no sentía que tenía que huir, ya no necesitaba malde­cir ni afligirse.

   Siguieron caminando guiándose por la línea blanca sobre el asfalto, con la esperanza de encontrar otro chofer que se compadeciese y los llevara. Estaba tan inmerso en este deseo que no supo cuando ocurrió, pero el cielo se vistió de un luto desesperado y profun­do, lo que los obligó a buscar posada en un humilde rancho que apareció a la vera del camino.

   – Si aquí prometen amanecer, sí pue – dijo el granjero, de quien no se sabía adivinar si era el dueño o el encargado.

   – ¡Claro! – contestó Jesús – ¿y por qué no habríamos de hacerlo? – indagó.

   – Es que a veces viene unos pue, que se van en la madrugada. No me gusta pue. Uno no sabe si son ladrones y se llevan algo de uno pue…- dijo.

   Aquella manera tan peculiar de expre­sarse divirtió a Jesús quien hizo todo lo posible por disimular su risa. – No, no ái cuidado. Somos estudiantes y queremos llegar a los Estados Unidos. Aquí amane­ceremos, pierda cuidado. Hasta lo pode­mos acompañar a desayunar si usté gusta – agregó.

   Allí, sobre unos bramantes tirados en montones de paja, cayeron en una modorra profunda y reponedora. De todas formas, el dormir en un lugar extraño hizo que se despertaran temprano. El establo continuaba oscuro y casi no se miraba el pozo malacate que ocupaba el centro del mismo. El señor granjero ya preparaba una vaca para ordeñarla, mientras for­tuitos mugidos revelaban la presencia de otras, afuera. Al verlos levan­tarse, los saludó:

   – Buenos días pue. Si quieren bañar­se, ahí est’el pozo pue.

   – Gracias – contestó Jesús – ha d’es­tar helada l’agua – siguió, esperando una respuesta que no llegó pues el claro y tierno mugido del ternerito que ataba, escondió la pregunta.

   Después de lavarse con aquella fría agua, el señor les ofreció pan y tibia leche recién ordeñada.

   – ¡Mm…!, qué calientit’está – ex­clamó Rafael.

   – ¡Pijuda3! ¿vaá?4 – respondió Jesús.

   Conversaron un poco mientras trataban de ayudar al hospitalario hombre del campo, pero más que ayuda, era compañía la que le hacían, pues no lograban des­cubrir de qué manera podían serle úti­les. Llegado el momento de no saber de qué hablar, optaron por despedirse y continuar su viaje.

   El amanecer los sorprendió andando. Qué maravilloso les pareció el surgi­miento del sol que en esa mañana, se elevaba sin colorido, envuelto en unas cortinas de niebla que reptaban por doquier. Un camión se detuvo y el motorista les indicó que se subieran atrás. Así llegaron a la aduana, la cual estaba poco concurrida y las oficinas aún cerradas. Rafael y Jesús se sentaron en una acera para examinar los alrededores buscando la forma mas eficaz de cruzar hacia el país vecino. Deambularon por el local, creyendo así que alejaban de si cualquier sospecha a la vez que buscaban cosas que les ayudasen en su intento de cruzar.

   Al ver que las ventanillas se abrían, se dirigieron al exterior del edificio. Toma­ron el mismo rumbo por el que habían venido y en la primera oportunidad que tuvieron, se internaron en unos arbustos que amenazaban invadir la carretera.

   Deslizándose por aquellos montes, pronto perdieron de vista la aduana y cuando se dieron cuenta estaban extra­viados en medio de unos paisajes ver­deantes y ondulados. Un riachuelo atrapó sus miradas. La frontera, pensaron. Con­tinuaron su errático andar por unas dos o tres horas, al cabo de las cuales un potente claxon de furgón los sacó del descorazonamiento en que se hallaban. Corrieron en la dirección de donde parecía provenir el sonido y un rato después se abrazaban eufóricos ante la visión de aquella serpenteante vía asfáltica que hacía ratos buscaban.

   A todo esto, la mañana y parte de la tarde se les había esfumado. El sol quemaba y evitaba el avance de Rafael y Jesús que a cada oportunidad se escondían bajo las hojas de cualquier árbol. En eso estaban cuando fueron recogidos por un bus estu­diantil que los acercó a la ciu­dad capi­tal del vecino país. Caminaron otro poco cuando un Pick-up se detuvo y los llevó cruzando la ciudad hasta dejarlos en la carretera que los acercaba de nuevo a la otra frontera.

   Ya era de noche cuando Jesús señaló una ca­sa en construcción. Al acercarse, vieron a un hombre que debía ser el vigilante y al cual abordaron para pedir posada.

   El buen hombre pareció alegrarse con la idea de tener alguna compañía y asin­tió inmediatamente. Les dio a cada uno, un poco de arroz, un huevo duro y un plá­ta­no verde cocido. Eran como las ocho de la noche. Una vela iluminaba las pa­redes en construcción y los bultos de materia­les esparcidos en derredor.

   Rolando, dijo llamarse, contó que era hombre del campo, pero que problemas familiares lo habían obligado a abandonar la región. “Hace ya casi un año – contó – que mi apá5 fue asesinado por unos bandoleros. Esos cabrones, desde hacía mucho tiempo lo sobornaban, l’exi­gían dinero a cambio de respetarle la vida. Un día, mi apá se cansó d’eso y se armó. Cuando llegaron, sacó su pistola, pero antes de que pudi­er’usarla, recibió las balas de una A.K. en la cabe­za y en el pecho. Quedó irreconocible. Mis hermanos y un primo – siguió narrando -, decidieron vengar­se. Corrieron la voz y no tardaron en ser visitados por esos asesinos. Llegaron a la casa de apá, par’amedrentarnos, pero no estaban mis hermanos. Andaban trayendo las A.K. que habían conseguido. Aquí es fácil conseguir armas, ¿saben? – afirmó. Volvieron – continuó -, una d’esas noches, a hurtadillas. Rociaron gasolina alrede­dor de la casa, pero mis hermanos los estaban esperando y antes que reaccionaran, mata­ron a cinco d’esos cabrones. Pero se escaparon tres, por eso mi familia prefi­rió huir. Dejamos todo. La vida es más importante, ¿no crén6? – preguntó -. Yo no sé ónde7 están. Solo sé que los asesinos de apá han jurado matar­nos…”

   Esa noche, el cansancio acumulado en su marcha diurna, los tumbó de tal mane­ra que cuando Rafael se despertó al día siguiente, creyó que acababa de dormir­se. Su sueño fue tranquilo y profundo. Dudó si levantarse o continuar durmien­do. Se sentía repuesto de sus fatigas. Cerró sus ojos. Una dicha fugaz lo en­volvía. Dejó que la pereza lo cobijara pero el sueño no volvió por lo que deci­dió levantarse. Esperaría que Jesús se despertara, para continuar el viaje. Durante la caminata de ese día, fuer­tes ráfagas de viento les hicieron mas penoso el avance. Afortunadamente, un comerciante repartidor de gaseosas se detuvo y les permitió viajar entre las cajas que llevaba. Pasaron por varias comunidades donde, por com­pro­miso, tuvieron que ayudar a bajar, entregar y subir algunas de aquellas cajas.

   – ¡Ese viejo lo que quería eran ayudantes! – dijo Jesús, a manera de chan­za.

   En aquel camión, perdieron bastante tiempo y no ganaron mucha distancia. Sin embargo, no se habían bajado del camión, cuando otro vehículo se detuvo. Esta vez, el carro los dejó en la fron­tera. Eran las seis de la tarde y ya comenzaba a oscu­recer.

   En los estacionamientos de la aduana, entablaron conversación con una vendedo­ra de naranjas, quien perdió sin ente­rarse, algunas frutas que les sirvieron de cena. Recorrieron e inspeccionaron el lugar para ver si la experiencia ante­rior les podía ser útil.

   Un río bastante ancho y al parecer hondo, les anuló el impulso, por lo que regresaron a la aduana. Había una fila en una de las ventanillas, en la cual Jesús se colocó de último. Sacó una carterita que llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón, y la mantuvo en sus manos hasta que se retiró cuando ya se aproximaba a la ventana. La cartera y la oscuridad reinante ayudaban a crear la impresión de que aquel mucha­cho tenía entre las manos un pasaporte.

   Mientras la cola desaparecía, Rafael y Jesús entraron en los baños. Allí, gana­ron un poco de tiempo mientras la noche inundaba todos los rincones. Salieron de los baños y tran­quilamente se dispusieron a cruzar el puente limítrofe. Una posta de vigilan­cia y dos guardias asustaron a Rafael.

   – Ojalá no nos paren eso policías, Chuz – murmuró Rafael, tan suave que su amigo ni siquiera lo oyó.

   – Buenas tardes – saludó Jesús, con tanta frescura que dejó anonadado a Rafael.

   – Buenas – respondió uno de los guar­dias.

   – Buen viaje – dijo el otro.

   – Gracias – dijeron ambos casi al mismo tiempo. Rafael no aguantaba las ganas de echarse a correr. Si la suerte los seguía  acompañando, pronto llegarían a la otra frontera. Cruzarlas, no había resultado tan difícil.


1 Parar bola: hacer caso

2 Nimiedades

3 Militar

4 ¿Qué hubo?

5 Vos

6 Palabras

7 Fáciles

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9 Boca

10 Existe

11 Así

12 Se

13 Ahí

14 Hongos alucinógenos

15 Pastillas narcóticas

16 Voy a

17 Mariguana

18 Buena

1 Va a

2 Estate

3 Estás

4 Enamorado

5 ¿Verdad?

6 Hombre

7 Voy a

8 La hora

9 A dónde

10 Verdad

11 Donde

12 Cambiá esa

13 Pues

1 Maravilloso

1 Algo

2 Ahí

3 Buena

4 ¿Verdad?

5 Papá

6 Creen

7 Dónde